20.11.07

A SCANNER DARKLY












Casablanca por Jorge Bruce (*)
Se cuenta que, durante el fujimorato, un diligente edecán se encontró, en un rincón disimulado bajo una escalera de Palacio, con una estación de vigilancia electrónica que recibía información de una red de micrófonos y cámaras diseminados por toda la casa de Pizarro. Indignado, el funcionario hizo desmontar ese minicentro de espionaje y corrió a contarle su descubrimiento y accionar al presidente japonés. Para su sorpresa, el ingeniero le ordenó que repusiera en el acto toda la instalación, sin dar mayores explicaciones. Hoy sabemos que ese conglomerado de equipos de vigilancia estaba ahí por orden directa del presidente y que se le conocía como "Casablanca", vaya uno a saber por qué. Acaso como se trataba de filmar, algún cinéfilo de los servicios de Inteligencia quiso rendirle un homenaje inopinado a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman. También podría tratarse de una alusión inconsciente a la residencia del presidente de los EE.UU., o a la inversa.
Lo cierto es que las investigaciones de los diversos casos en los que está incriminado el extraditado han comenzado a revelar circunstancias de su comportamiento que permiten hacerse una idea del clima de paranoia que reinaba entonces. Tal parece que Fujimori -y no solo Montesinos como se sabía hasta hoy- también estaba poseído por una auténtica obsesión por enterarse de los detalles más ínfimos del comportamiento no solo de sus potenciales enemigos políticos, sino de todas las personas de su entorno, comenzando por su propia esposa, la señora Higuchi. Lo revelador de todo esto es que lo que comenzó como una actividad de espionaje político delictiva pero, en suma, poco original, terminó convirtiéndose en una incontenible urgencia por abastecerse de más y más información acerca de lo que se decía, hacía, pensaba o deseaba a su alrededor. La periodista Rosana Cueva del programa La ventana indiscreta, quien me hizo una entrevista respecto de este entrampamiento obsesivo del socio de Montesinos, me preguntaba cómo podía entenderse que Fujimori haya hecho colocar cámaras incluso en su propio despacho. Le respondí que de esa manera podía vigilar lo que ocurría en ese recinto en su ausencia, pero que acaso desconfiaba hasta de sí mismo.
Contrariamente a lo que se dice en el célebre final de la película citada, ese no era el inicio de una gran amistad. Más bien del camino a la prisión, en el sentido literal que sabemos, pero también en el figurado de su propia patología. Hoy continúa la vigilancia, pero él ya no tiene acceso a la información.


(*) Aparecido en su columna del diario Perú21

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