11.7.08

ESQUELETOS EN EL ARMARIO






CANCIÓN SOBRE EL TRABAJO


por Hugo Del Portal

Cuando yo era un niño (no ahora que soy un niñato) había una pelotudísima canción sobre el trabajo que interpretaba con esa voz tan tutti frutti que lo caracterizaba, el inefable Rafhael (con hache en medio) . No la puedo recordar completamente, sus estrofas babosonas se me escabullen por los laberínticos rincones de mis sesos. No puedo precisar si la focking letra era de bobas loas o si pretendía -sin prestancia- ser una especie de canzoneta de protesta de los 60.

En todo caso no se porque la traigo a colación, pero es que tiene una rara relación con mi idea del trabajo (un amigo muy sabio decía que trabajo era traer de abajo, de la genética descendente, de nuestro darkly side) que es algo así como que el trabajo me revienta, es decir que no me gusta, aunque mejor sería decir que lo odio con odio jarocho (la variante mas alta de esa emoción según Luis de Alba (1*))
Yo nací para ser un buen filósofo que contemple la vida en posición horizontal y sin mas deseo que laborar de manera placentera haciendo lo que en verdad me gusta, y por lo que generalmente no pagan. Tengo la mente abierta de un conspicuo hedonista. Por eso que a mi, esas alabanzas que señalan a cualquier sujeto (a) como trabajador (a) me producen escalofríos testiculares terribles.
Yo empecé a hacer mis pininos chambísticos en una revista que tenía el nombre de una provincia y el pésimo gusto de ponerle al lado la palabra "internacional" ¿Pueden imaginar? Ayacucho Internacional. Que nombrecito. La mencionada publicación era dirigida, producida, impresa y distribuida por un tal Altamirano que era algo así como el "Maradona" de la publicidad y sin poder recordar con claridad como llegue a esta revista de marras, me veo caminando por la Av Tacna (en esa época se podía dar unos pasos por esta vía sin ser asaltado) con Altamirano a mi lado y diciéndome mientras señalaba la fachada de una empresa, vas, preguntas por el Sr Fulano ( el muy sapo ya sabía el nombre del jefe) y te presentas como periodista del diario tal, (digamos La Prensa) y como que le vas a hacer una entrevista personal.
Así lo hacíamos (había veces en que me mandaban al cacho) y después que yo terminaba de hacerle un cuestionario idiota al supuesto ejecutivo ejemplar, Altamirano (que me esperaba cerca de ahí, comiéndose una empanada o lustrándose los chuzos) esperaba a que yo saliera y el entraba seguidamente, y al toque clavaba un aviso publicitario. No se cuantos años le resulto el sistema pero a veces me encuentro la revista en cuestión tirada en algún consultorio como para que la lean aquellos pacientes irremediables que van al médico cada media hora.
Naturalmente Altamirano jamás pago mis honorarios, pese a que lo perseguí como el Teniente Gerard perseguía al fugitivo Dr Richard Kimble y aún cuando me lo cruzo deambulando por la Av Larco o por Las Begonias en San Isidro siempre siento una simpatía rara por este bicho que me dio mi primer trabajo, impago pero aleccionador y muy inspirador (2*)
Tiempo después cuando me dedicaba a vender los long plays de mi viejo y la ropa usada a los ropavejeros para agenciarme los fallos y el ron (y las mujeres, hay que ser franco siempre muchachos) mi padre que era un solucionador de buena praxis decidió que esa onda de poeta barranquino que estudiaba sicología y literatura, que no llegaba a dormir, y que tenía una cara de conchudo de esas de antaño, debería formalizarse y trabajar seriamente para procurarse un billete para al menos pagarse el hostal y no estar a la espera de que no hubiera nadie en casa para afirmársela a la primera amiga que cruzara el umbral del nuevo matadero o garconiere, o bulín. Recuerden mi viejo era un hombre de mundo. Así que me prestó un terno, una corbata (yo las detestaba, para mi era un símbolo burgués decadente y ahota tengo unas de los Simpson que son espectaculares) y hasta un bividí para que no le vaya a sudar el saco. Y claro me consiguió un chambón en la administración pública. Trabajaba en una oficina de publicaciones del Ministerio de Economía, corregía pruebas de impresión para libros de impuestos. Mejor dicho organizaba las labores de corrección de pruebas con toda calma porque me daban un libro y un par de meses para terminarlo y claro yo lo liquidaba en semana y media y los restantes 50 días eran de una franca libertad, en donde el único que estaba siempre en mi escritorio era mi saco (uno plomito de corduroy que me procure con mi primer sueldo) que yo dejaba amorosamente colocado sobre mi sillón giratorio en señal, de que había salido "un momento", que ya regresaba, que ya venía . Si, así era, pero a la hora de firmar la salida. En esas épocas leí mucho, escribí horrores, vi películas buenísimas y escuche clases magistrales en la universidad. También conocí muchos restaurantes, comí y bebí riquísimo y entre hoteles y discotecas, me apliqué mi primer jalón de cocaína e hice grandes amigos con mis pares del laborío estatal que como yo eran tipos hechos para la joda y para la diversión. No ahorré un centavo pero viví como Baudelaiere (de quien se decía que entraba en los burdeles como las devotas a las iglesias). Pero como todo tiene su final, María Rosa, llegó el miserable de Fujimori y hubo una loca poda en el aparato estatal y yo decidí renunciar, tenía una oferta para el mundo de los restaurantes y hoteles y obligaciones a montón.
Me había -siempre felizmente- casado y tenía un hijo -mi eterna adoración- por el cual ver. Mi contacto con las chambas ( mi viejo) ya había ido a rendir examen con el jefe del paraíso celestial y de repente estaba trabajando en el esnobista ambiente de los cinco tenedores y otras tantas estrellas. De la empresa pública a la privada. Todo un cambio. Aquí descubrí los manejos de la explotación, de la planilla en negro, de esos estúpidos jefes que parecieran desayunar pan con pitbull y que siempre tienen el carajo y la crítica en los labios. Nunca estaban conformes y a mi, su conformidad, me llegaba a la punta del zapato. Por cada experiencia laboral acumule aprendizaje pero siempre sentí que por mas que hiciera nunca iba a dar con el punto de equilibrio por el cual ellos y yo estuviésemos en paz. Al comienzo, una desproporcional sensación de eficiencia y luego una extraña convicción de estar todos los días realizando las mismas cosas, como si ejecutara un programa de ordenes y de idas y venidas, pero en un rozagante círculo.
He conocido después gente apreciable en mi trabajo, tipos simpaticones, señoras correctamente enfocadas en el trabajo pero desafortunadamente histéricas en su cotidaneidad y desde iluminados hasta ladroncetes. Todos perdidos o quemados irremediablemente, sumergidos en el erecto deseo del dinero. Tal vez eso es lo que nunca me llegó a convencer de este juego por el cual como los exclavos libertos yo les doy las habilidades que puedo generar en un lapso de tiempo y ellos me dan lo que creen que me merezco por este juego. Nunca nos pondremos de acuerdo, porque a mi no me enseñaron a medir el éxito por el tamaño de la billetera ni por cuatro cacharros o cinco ladrillos. Hay cosas que sólo se pueden apreciar mirando a los ojos de otra persona y viendo, tras ellos, esa indescriptible sensación de paz que tienen los espíritus en armonía con el universo, esa paz por la cual nos hacemos tanta guerra y que trasciende los límites de las planillas. Lamentable nunca podre cambiar mi imprecatorio pensamiento por la quincena.
Mi viejo solía decirme parafraseando al gran maestro Julio Ramón Ribeyro (3*), "tienes inteligencia, pero eso si, errática, impráctica, aplicada a lo improductivo y hasta a lo contra productivo, desgraciadamente la heredaste de mi".
Cada día estoy mas convencido que ese fue mi única e invalorable herencia, sentirme libre mas allá de la cadena laboral a la cual nos ata la vida. Claro sería un pecado tratar de trasmitirla. Quedará en mi como si fuera el final de un camino sin retorno. Y ahora recuerdo la canción, decía algo así:
"Arrastrar la dura cadena trabajar sin tregua y sin fin es lo mismo que una condena que ninguno puede eludir. El trabajo nace con la persona va grabado sobre su piel y ya siempre le acompaña como el amigo mas fiel. Trabajar con nieve y con frío con la fe del que ha de triunfar porque el agua que lleva el río no regresa nunca del mar. Vale mas tener esperanza y luchar por algo mejor trabajar con fe y esperanza por lograr un mundo mejor "

(1*) Cómico mexicano -de Veracruz- muy conocido en nuestro país.

(2*) El cuento "carné de periodista" que escribí hace años esta basado en esta historia verdadera.

(3*) De la novela "Los geniecillos dominicales"

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