22.2.08

EL LADO MALO DE FIDEL



La devolución cubana por César Hildebrandt (*)
Está muy bien eso de renunciar “para no obstruir el paso a personas más jóvenes”. Sobre todo cuando uno tiene 81 años y hace 49 que gobierna con puño de hierro y jueces que van a los mítines del partido. Es un gesto muy generoso ­ese de “no aferrarse a ningún cargo” 49 años después de haber sido, simultánea y férreamente, Comandante en jefe, presidente del Consejo de Estado y máxima autoridad del Partido Comunista de Cuba, el único permitido.Es muy conmovedor dar paso a los jóvenes, sobre todo si esos jóvenes son como Raúl Castro, el hermano, que va a cumplir los 76, maneja a las Fuerzas Armadas y es el voceado sucesor de la no-transición que Fidel ha decidido desde su no-cargo. Ah, sí. Porque la sucesión de entrecasa de Raúl garantiza que el régimen del estalinismo con palmeras no habrá de moverse ni siquiera un centímetro hacia la pluralidad de partidos y la libertad de expresión. Es muy vistoso alabar a Castro cuando no se vive en Cuba. Es lo políticamente correcto para quienes piensan que la represión que padecen los cubanos “es el costo de la revolución”.Lo que sucede es que muchos de los que ensalzan a Castro –léase la sublime huachafería del señor Tomás Borge en este diario nuestro– estarían presos en Cuba si decidieran probar in situ la medicina que recetan. ¡Con el carácter que se manejan no habrían aguantado ni diez años de idolatría vigilante! Porque en Cuba hay ­una sola prensa, un solo partido, una sola TV, un solo líder, una sola central de trabajadores, una sola juventud, una sola literatura permitida, una sola memoria que ha hecho lo que ha querido con el pasado, un solo sueño real-socialista y una sola y robusta pesadilla sobre la que se posaban palomas de paz mientras recibía miles de millones de rublos como subsidio. Cuando el subsidio se acabó porque la URSS enfermó de un mal de necesidad mortal (el llamado Síndrome del Sinceramiento) y el CAME volviose una caravana funeraria, las palomas se marcharon y llegaron los cuervos.Ese periodo especial fue de auténtica hambruna. Cuba había sido un hijo marsupial de la URSS. Y al canguro protector lo había matado un ruso alcohólico llamado Boris Yeltsin, salido de lo mejorcito de la Juventud Comunista soviética.Yo no represento a ningún gran medio –al contrario: los he combatido a pie y sin medias tintas– y, sin embargo, sostengo, como los millones de cubanos que se expresarán en asamblea de calle y sol a la hora señalada, que en Cuba hay una dictadura perversa que desacredita a la izquierda y caricaturiza el socialismo. Yo no encarno el imperialismo yanqui –al que siempre despreciaré– y, sin embargo, sostengo que el régimen de Castro sólo puede entusiasmar a quienes jamás denunciaron los crímenes de ­Stalin (conociéndolos), no se atrevieron a condenar lo que hicieron las tropas soviéticas en Berlín, Budapest o Praga y dividieron el mundo en dos bandos maravillosamente definidos: ellos –los reaccionarios, los débiles, los réprobos, los vendidos al oro yanqui, los que amaron a Heberto Padilla a pesar de su debilidad– y nosotros, los que manejamos el estatal Estanco de la Virtud.Yo no adulo, como habrán notado, a Alan García ni defiendo a Álvaro Uribe, pero ­afirmo que quien sueña sueños sin libertad merece quizás que esos sueños se le cumplan. Y pueden cumplírsele precisamente en La Habana, la Numancia de un hombre que fue un héroe, un ídolo de mi generación y, con el tiempo, y cada vez más con más desenfado, un tirano implacable. Un tirano implacable que hoy, con la muerte cercana, anuncia su renuncia imposible.“Yo no soy comunista”, dijo Castro en 1957. Lo repitió, para su desgracia, en 1959.Y no lo era. Lo eran Raúl, el Che, Blas Roca. Castro pudo resistir al imperialismo norteamericano invasor y asesino sin convertir “su isla” en un presidio de inspiración estalinista. Hubiera sido la resistencia de un pueblo, no la de una camarilla que pasa las crisis energéticas en medio de sus aires acondicionados. No ­era necesario ser un Stalin del Caribe para enfrentar al enemigo.No era necesario pero sí fue lo más cómodo. 49 años después, Cuba languidece y su líder deja para que otros lo mejoren (si pueden) el fracaso comunista que más nos atañe a los latinoamericanos. Cuba no puede volver a ser el burdel mafioso de la mafia de Miami. Pero es imposible imaginar siquiera que tenga que seguir siendo el inmenso Guantánamo del viejo estalinismo.


(*) Aparecido en su columna del diario La Primera

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