26.9.13

DIARIO DE LA DESOCUPACIÓN



Diario de la desocupación
Página 28- Suicidas políticos apolíticos

Hace unos años cuando mataba las horas del día en la universidad, con un grupo de pequeños burgueses, caviares y gente de base formamos un FER para postular a las elecciones de la facultad.
Como eramos -entre tanta bazofia, el menor de los males- ganamos el proceso por un amplio margen.
Recuerdo que nos reunimos con los catedráticos simpatizantes del grupo. Uno de ellos, el chino Benitez, quería que voláramos a todos los docentes que habían servido (y se habían beneficiado con creces) durante la gestión del Rector, el inefable Raúl Peña Cabrera.
Muchachos,  al fin y al cabo, y tiernos como choclo fresco serrano, muchos se opusieron alegando que esos señores eran buenos enseñando.
Hubo idas y venidas y la discusión se cerró cuando el chino Benitez(*) -ya hecho una verga- se retiró del bar donde nos reuníamos a complotar, (La china, una camara de gas entre dos talleres de reparación de automóviles en Jesús María, cuya propietaria era una norteña culona y asuripantada) asegurando que íbamos a pagar nuestra candidez con una buena dosis de realidad. Y así fue. La realidad recargada nos dió de patadas en el poto. 
Dos meses mas tarde y en tratos con los apristas nos desalojaron sin asco con amenazas de acusarnos de terroristas y de expulsarnos. 
Y lo que pudo ser, nunca se dió porque no fuimos capaces de asumir nuestra responsabilidad real. Matar no es una opción en cualquier guerra. 
Años después, revisó con interés las causas porque la actual administración de Lima, cuya dirección está en manos de una persona cuya honestidad no esta en duda nunca, se deja copar por las mismas mafias que convivieron con Castañeda, siguen ganando licitaciones tramposas, y siguen manejando las cosas como si el Alcalde fuera el mudo de antaño.
Encuentro en mis anotaciones, que la escasez de cuadros de izquierda es lamentable y que la metamorfosis de los apristas y fujimoristas (enemigos jurados de la gestión) es impresionante. Ahí siguen. Ahí están. 
Lo de Relima podría ser la punta del iceberg que muestra la incapacidad para liquidar enemigos que sufrimos los románticos de la zurda. 
Es más, si le sumamos el síndrome de Belaunde (confiar demasiado en quienes nos rodean) nos vamos a encontrar con la señalización de peligro inminente, de lamentable descuido que se nos acerca. 
Se habló de la formación de un Comite de fiscalización "Manos Limpias" para evitar cualquier exceso de confianza que genere que alguien empiece a llenarse los bolsillos con plata de la ciudad. 
¿Se puede asegurar que esto no esta pasando en estos momentos?
Como sea, nuestra obligación es poner la pica en Flandes y dejárselas ahí picando, rodando,  para que se hagan famosos. 
Cuidado con eso, porque si camina como rata, tiene cola, huele a rata, no parece, es una rata y hay que fumigarla en nombre de la decencia que nos acompaña desde la formación en casa y desde los valores que nos inculcaron nuestros maestros más queridos. 
El tiempo vuela. No se pierde el tren al que nos ha convocado la historia. 
(*) A los años me encontré el profesor Benitez, era autoridad universitaria, manejaba un buen auto del año, vestía de saco y corbata y me resumió su filosofía de vida actual, con una frase cantinera: "los cojudos compadre, no llegan al cielo, y si me voy a ir al infierno mejor me voy cómodo en mi Toyota que incomodo en tu burro".  
HDP

31.8.13

DIARIO DE LA DESOCUPACION


Diario de la desocupación, 
Página 27  Convivir con la absoluta infamia


Cuando Glorias se levanta, y mira sus pies sobre la alfombra de estera, recuerda esa niñez, ahora algo lejana, en donde no tenía zapatos. 
Su mamá por la noche, le vendaba los pies con fuerza  a la usanza de la China anterior a la revolución cultural y le colocaba medias de lanilla de diferentes colores para protegerla del frío inclemente,  pero zapatos no tenía, quizás por eso cree, que sus pies, chiquitos pero anchos son la lógica consecuencia de haber tenido una niñez de pobre,  siempre descalza. Y siente emoción al vestirse cuando las prendas interiores son de ese color rojo serrano, por que le recuerdan su primer juguete de la infancia, una pelota de plástico que con el tiempo se hizo hueco y se desinfló hasta convertirse en un amasijo chato y sin vida, desprovisto de las alegrías de la infancia. Pero mientras duro fue de una belleza suprema. 
Ella es capaz de hacer cosas para luchar contra el pasado que a veces se le presenta con la misma cara de las carencias y armado de espadas de deudas, de cobradores insolentes, de negativas vergonzosas. 
Ella aun recuerda como suele doler el estomago cuando hay que esperar para comer, con tan solo un pan y un poco de té  bailando en el estómago hasta altas de la noche.
Su madre llegaba apurada, despeinada, algo culposa, y siempre traía  solo fideos, vísceras de pollo, pero ese caldo grasoso solía saber a ambrosías. 
Su padre no estaba, aparecía mas tarde, a veces dormitando los tragos, a veces presa de una furia impostergable, a veces bueno como el pan caliente, la leche tibia, o la sonrisa de la satisfacción.  
Pero la pobreza es infame, la pobreza es horrible, la pobreza marca, la pobreza causa temores, deseos de revanchas, ojos de odio, inconsolables. 
Y lo que mas dolor causa es la indiferencia general ante ella. 
Fue Glorias quien me hablo de la gente que duerme en las calles. 
El frío del invierno y la garúa inacabable, entonces caminé desde el Jr Ucayali y cruce por la calle lateral  a obscuras, y allí en la puertas de ingreso a los negocios de la banca, de la bolsa  de valores y en las calles de los alrededores, hombres y mujeres de edad incalculable duermen sobre cartones en el piso. Uno los puede oír roncar como si lanzaran sus estertores agónicos en medio de una noche impávida y ante sus verdugos disfrazados de hombres de negocios. Estas son sus victimas, banqueros.  
Yo no entiendo de macro economías (y no quiero entender) me interesan un pepino las leyes del mercado, el liberalismo neocon me asquea pero el espectáculo de la pobreza me atraviesa el alma , mas aun cuando se trata de mis pares,  de esta raza humana, a la que queremos como humanidad pero nunca como prójimo. Alguien me pide un cigarro, le acerco la cigarrera y le digo que tome dos. Vieja historia de abusos de alcohol y de drogas, mientras el hombre me habla, noto que no tiene dientes y que el frío de la noche me cala sin clemencia los huesos. Meto la mano al bolsillo e improviso un par de monedas, que entrego con culpa y con unas ganas locas e impostergables de salir huyendo ante el cuadro de la necesidad.  
Pienso que cualquier iglesia o credo, o que cualquier organización de ayuda bien podría tener hospicios que den un catre en donde pasar la noche, un plato de sopa caliente, un gesto de solidaridad a esta pobre gente.
Recuerdo hace una punta de años , a mi padre, movilizando policías, bomberos y paramédicos para que atiendan un anciano que agonizaba en un jardín de Jesús María. Lo recuerdo puteando fuerte, diciendo que esto no era Calcuta, que la gente no se podía morir así, sin el auxilio de los demás. Que vivíamos tiempos terribles. Hace mucho tiempo de esto. 
Los años han pasado, viejo y te habrás dado cuenta que cada día es peor y que la única forma de contarte la historia de Glorias es a través de la exacta repetición de estas palabras como sentencias: 
" la pobreza es infame, la pobreza es horrible, la pobreza marca, la pobreza causa temores, deseos de revanchas, ojos de odio, inconsolables" 
pero también veo en esas miradas la inexorable certeza de una venganza por llegar, y todo para que el equilibrio retome su cauce normal. 
No se convive con la infamia. Ni se escribe sobre ella. Excúsenme. 

23.8.13

DIARIO DE LA DESOCUPACIÓN



Diario de la desocupación
Pagina 26- No hay gestos inequívocos

Tenía que viajar. Era un trashumante ser, preso de violentas prisas, de odios liberados, de desenfados urgentes, de regresos impostergables.
El terminal terrestre estaba atestado de paisanos vestidos a la usanza de su region, ropaje para el frío duro y tejido con maestría ancestral.  
Sintió que lo miraban con sorna en su condición de apurado pasajero.
Escogió -sobre un mostrador en donde lo atendía una distante señorita- un pasaje en el segundo piso del ómnibus. Era todo lo que había disponible.
Mirando de reojo, sobre el impreso, constato que le tocaba de compañera de viaje una dama, de treinta y tres años, su nombre no decía absolutamente nada pero evidentemente olía: Jazmín. 
Siguiendo con el enojo del apuro, trepó al gigantesco ofidio metálico mientras un jovencito amanerado disfrazado de terramozo le indicaba que le tocaba el segundo piso y que apagará su cigarrillo, lo cual hizo no sin antes putear contra las leyes absurdas que le impedían consumir el tabaco. 
La tarde mejoró de golpe. En el asiento 14, al lado del número 13 que le había tocado (no reparo nunca en esa señal del destino) se encontraba una chica que se presentaba al mundo con una blusa escotada de la cual brincaban dos pechos grandes, pecosos y provocativos. 
Mientras acomodaba su maletín de viajero en el portaequipajes y su laptop dentro del morral, se cercioro que además del busto, la señorita en cuestión tenía un magnífico par de piernas que una minifalda atrevida dejaba ver. 
Al sentarse, sintió la tibieza de su muslo adhiriéndose sin temores al suyo y un calorcito especial de deseo se instalo en el ambiente. 
No estaba tan mal la cosa después de todo. El juego parecía prometer. 
Me llamó Jazmín, dijo la pasajera y después de darle la mano, sosteniéndola, como si la pesara o midiera, le aplico un beso en la mejilla.
Disertó un rato sobre banalidades a las que Javier fingió prestar atención hasta que el carro arranco luego de zapatear un par de veces. 
El transporte se interno en la carretera, como si se desplazara por un pasadizo hacia las fauces de una noche feroz y hambrienta. 
Al rato, la chica empezó a dormitar y a hacer algunos ruidos blupsomanos con la boca, rechinaba los dientes con cierta agitación contenida. 
Luego cayo en los abismos profundos del sueño inexorable que debe sobrevenir a todos los cansancios. 
Tanto así que apoyo su cabeza en el hombro de Javier que algo incómodo comenzó a lanzarla suavemente hacia el lado izquierdo. El estomago de la mujer hizo ruidos raros. Sonaba como una indigestión en ciernes. 
Casi imperceptiblemente Javier notó que la chica lo observaba un poco de reojo entre los ojos a medio cerrar. Minutos después vinieron los roces.
Ella tocaba con su rodilla la pierna de Javier, era un toqueteo evidente, obvio, empujaba su pierna contra la de el como si frotándola y como si de esa forma fuera a encender alguna fogata tardía para el trayecto.
Javier se sintió halagado: su ego creció como el de un animal sobrealimentado para los efectos de un ágape multitudinario.
El también comenzó a jugar empujando la pierna de la joven con su rodilla e incluso levantandola ligeramente para tocar el inicio de un muslo carnoso y comestible, a todas luces y a obscuras bastante tentador. 
El asunto duro algunos minutos. 
Tanto forzó la pierna que un calambre lo asalto por segundos. 
Lo de Jazmín paso a ganar sitio, cada vez se pegaba mas y empujaba con mas fuerza, en un momento, Javier distinguió su rodilla con forma de pan francés sobre la de el. Cuando acercaba su mano, para buscar el rastro húmedo del ojo ciego, ella empujo mas fuerte y puso su cabeza entre las piernas de Javier, por leves segundos y luego entre las de ella misma, y precedido de un grito gutural y nauseabundo comenzó a arrojar los alimentos, a vomitar desesperada-mente en el piso del pesado vehículo salpicando los zapatos de todos sus vecinos.
No hay gestos inequívocos pensó Javier, cuando el deseo puede ser tan literalmente pasajero. 

15.8.13

NUNCA ES DEMASIADO PARA EL AMOR



Nunca es demasiado para el amor

-Fatuos de mierda, fatuas de mierda- refunfuñó con un dolor opresivo sobre su pecho. Fueron sus últimas palabras.
Su padre murió de sucesivos ataques de fulminante ira. 
El auto que lo llevaba rumbo a la emergencia del hospital doblo en la última esquina y de su boca emergió un ruido seco como si algo se quebrara, fatuos de mierda, fatuas de mierda dijo y se acabo su universo en un segundo
Falleció, como había vivido, retando al cosmos, en eterno pleito con el mundo, con sus gentes, con sus vanidades y desdichas. 
Solo así uno puede explicarse porque el, su hijo, tenía tanto miedo a amar.
No quería que le rompan el corazón. No quería morir. 
Normalmente uno no sabe que se va enamorar. 
En el fondo se desea, pero no se puede prever. 
Claro que a todos nos gustan las maripositas en el estomago, o ese aleteo de paz que inspiran los sentimientos elevados, o el deseo de la otra piel que combinada a la nuestra produce fuego del que no se apaga jamas.
La ilusión sobre el concepto del amor lo volvió desconfiado. 
Sabía que uno se hacía co-adicto a las adicciones de la pareja, de la otra persona. Si tu pareja discute, tu te volverás un terrible polemista. 
Desde que la muerte (que es celosa y es mujer) se llevará a su padre a vivir con ella, había decidido convertirse en un hombre que no quería amar.
Pero como a todos los que se proponen cosas tan extremas que rayan en lo inevitable, en el inexorable castigo del verdugo tiempo, el amor no se tardo mucho en alcanzarlo para iluminar el lado obscuro de su alma temerosa. 
¿Cómo enamoran los hombres -así tan locamente- si no saben dar amor?
piensa mientras en el teléfono celular desecha el tuiteo, le parece la persona menos indicada para hablar de amor. 
Yo debería disertar sobre el miedo se dice como consuelo, mientras el recuerdo de los ojos de ella lo invade, lo inquieta, lo abraza. 
Mientras rememora su cuerpo, de blancura inmaculada, sus ideales y conceptos llenos de vida encerrados en la esperanza, convertidos en el listado del remedio para todos los males más allá del mismo amor. 
La primera vez que la beso supo que de esos labios se recibía vida.
Se escabullía de su lengua (que buscaba horadarla en la cacería del espíritu)
La Tierra (que también es celosa y es mujer) le había puesto en el camino a una de sus hijas mas poderosas, quizás para retar su desafío, su promesa y su culpa, o para hacerlo desistir de una empresa que lo confinaba a la soledad. 
Todo esto, lo soñó Javier, en una media noche en que lo visitaron los fantasmas de las tareas incumplidas. Quería pero no quería amar. 
La había conocido por la red, o por esas redes cibernéticas que maldicen con su modernidad la esencia misma de la condición humana.
Coincidían en gustos por el arte, simpatizaban en el accidentado tema de la política, y cuando la conoció sintió que un rayo atravesar su cuerpo.
Era obvio que esa mujer era una fuerza de la naturaleza incontrolable. 
De ahí en adelante comenzó a escribir poesía (la que según sus propias palabras era un placer onanista de personas decadentes) porque en esa carrera de cortas agitaciones, de pasos lentos, que es escribir versos (cuentos y novelas exigen carreras mas largas) encontró una forma de recrearla y tenerla siempre cerca. 
Fue así como entendió que el amor no tiene nada que ver con la posesión, 
que es sinónimo de absoluta libertad. 
Era tan dulce pese a su fuerza que comprendió que cambiar ese milagro, lo haría definitivamente miserable.
Y que la única forma de que siempre fuera suya, sería mientras pudiese volar sin esperar el intermedio de algún horizonte cercano. 
Quizás por eso nunca paso del vestíbulo de los besos moderados. 
Y aunque ya han pasado años, muchas veces que lo encuentro garabateando poemas en algún Café pasado de moda, me dice que sigue siendo un hombre enamorado, que el amor es un ingrediente que nunca es demasiado y que aunque se necesiten dos basta con uno para amar.
Y yo le creo, porque Javier habla suave con la paz y el aura de felicidad que solo gozan todos los que estan locos de amor y logran el sueño de no morir. 

HUGO DEL PORTAL

De "Desconocido y otros cuentos"

8.8.13

DIARIO DE LA DESOCUPACIÓN



Página 25- Me quiero casar con una millonaria

Los niños, son educados por sus padres con ciertos condicionamientos de la motivación, así que cuando son pequeños y un adulto bobalicón les pregunta: ¿y qué quieres ser de grande? (sin tomar en cuenta que a veces se podría tratar de un enano consumado y sin remedio) el infante responde, futbolista, doctor, ingeniero, y algunas veces artista.
Yo he conocido niños ( o perversos polimorfos) que quieren ser como Maradona y son como de madera, o profesionistas, pese a una cara de escasez neuronal y anancefalia inexorable, o artistas cuando su sensibilidad suma cero, lee nada, o simplemente demuestra en cada acto que es un sublime imbécil. O sus muestras de talento son garabatos de gatos que solo una victima de esquizofrenia mal medicada podría dibujar.  
Amén de los miedos, fantasmas y tibiezas que los mismos padres le van sembrando a uno mientras crece. 
Mi padre, el verdadero último de los caballeros, era un tipo práctico y de un espíritu agresivo y burlón que no lamento ni lamentaré haber heredado. A mi me enseñó a responder: yo quiero casarme con una millonaria. 
No sé,  si ese es mi karma, o mi maldición, pues un talentoso necesita siempre respaldo crematístico si o si.
No hay peor negocio que casarse dos talentosos o un talentoso con una persona sin espalda financiera.
Se lo he dicho mil veces a mi hijo y a mis amigos. 
La pasión se vuelve rutina, el amor es eterno mientras dure, y cuando las necesidades entran por la puerta, el efecto Cupido sale volando por el balcón o por la ventana así sea de un octavo piso en uno de esos horrorosos condominios que han convertido Lima en el remedo de una urbe asiática construida para efectos de un film de espionaje (como escribió Ribeyro alguna vez en una de sus novelas)
Yo -gracias a mi tendencia poética autodestructiva- me casé con una misia de las peores (de las que tienen la huachafa pretensión de no serlo) y me fue como el orto, terminamos como en la Guerra de los Roses, tirándonos platos y adornos (baratos por cierto, salvo la fuente de origen inglés heredada de su abuelita) y odiándonos, como los mejores bellacos, por un par de mangos.
Pero uno no escarmienta, mis siguientes relaciones no buscaron la olla de oro al final del arco iris y entre tanta distracción terminé mas endeudado que nadie, apretándome en los pagos de expensas y encima una de ellas, G, madre de tres vagancios, simpáticos pero inútiles como un cenicero en una moto, luego de aullar en el lecho, me clavó con 200 soles y cerró a un amigo con 1000 soles que le prestó para invertir en una tienda de ropa que no paso del Showroom, pensando en cobrar diez veces mas por su mercadería de contrabando.
Debo contar que no he aceptado otras propuestas, por el temor de terminar como el escritor de la película Miseria, con los pies rotos y escribiendo para alguna gorda loca por mi poesía o por mi prosa. 
Y que aun busco a la propietaria o tenedora de una casa con vista al mar (para que desde un luminoso ventanal pueda escribir tantas historias pendientes)  
Mi paseo por los senderos del amor sigue siendo tan austero como el almuerzo de un empleado del sector público, de menú de 8 soles, en magnífica esplendidez.
No es que me importe el vil dinero pero como calma los nervios. Como mejora las sonrisas.
Caminaremos igual por el mundo, haremos una sencilla colisión con el amor y veremos si la casa, además de agonizantes susurros se llena con la prosperidad material. No es que me importe mucho.
Háganlo por la memoria de mi viejo.

HDP


5.6.13

DESCONOCIDO de Hugo Del Portal




1
Aquel mediodía de ese verano desganado, la Sra. Santos Córdoba creyó reconocer la presencia de la muerte por el vuelo de obesas moscas negras sobre los filetes de tollo y las colas de langostinos que despachaba en su puesto de pescados y mariscos del mercado 3 de Febrero.
La Sra Daría de las verduras también había dormido mal, con un sueño interrumpido en el que escuchaba la voz de su difunta madre, llamándola en sueños.
Por alguna razón, en algún momento del día, medio mercado, incluyendo a los de los abarrotes y accesorios de ferretería, sufría de la epidemia de adverbializar casi ligeramente sobre la posible presencia de la muerte bajo distintas formas o claves.
-A todos nos alcanzará, cuando deba- sentenciaba el zapatero remendón, mirando los traseros de las señoras mayores que cruzaban delante de su pequeño taller, culo que veía, culo que quería,(hasta que se casó con una mujer mucho mas joven que el y que lo engañaba con hombres, también mucho mas jóvenes que el)
Fue justo cuando se asomaban las agujas del reloj a las tres de la tarde, que un el agudo sonido del chirrido que produce un frenazo fuerte sobre el asfalto saco a todos del sopor. Al silencio le sobrevinieron voces ininteligibles  gritos cortados en tres partes, hasta que la frase tomo la forma de las graves noticias, han atropellado a Guaracha!
Sobre el pavimento y sobre una mancha de sangre que amenazaba con levantarse lentamente y caminar, como si estuviese viva, latiendo fuera del herido, yacía el cuerpo inerte de Guaracha que creyó ver el aleteo de unas hermosas alas negras antes de caer contra el cemento luego de la fuerte embestida que había recibido de un camión que cargaba frutas y que era manejado con excesiva velocidad por un conductor que lucía un rictus de asustado. 
Ahí estaba Guaracha, muerto?, vivo? muerto en vida?
Nadie sabía mucho de el. Ni como llegó, ni cuando.
Apareció con los ojos rojos, casi endemoniados, las greñas pegoteadas de una suciedad incalculable y unos pelos extraños que hacían las veces de bigote y barba, estaba completamente andrajoso y en un estado de desnutrición tan notorio que un vigilante del mercado lo dejo dormir en el piso, sobre unos cartones humedecidos por un tiempo inclemente, al compadecerse de tan deplorable estado.
A veces la pobreza material genera estas divinas formas de solidaridad humana. El hombre cuando quiere no es malo. 
Guaracha se hizo parte del mercado como uno mas y comenzó a agenciarse la vida cargando pequeños bultos, luego otros mas grandes, hasta que alguien (contagiado de compasión amorosa) le proporcionó una madera gruesa que descansaba sobre cuatro rodajes y unos ejes movibles y de la cual halaba Guaracha para transportar paquetes mas pesados. Recibía unos monedas por cada encargo que el canjeaba religiosamente por un menú bastante barato en la chingana de Doña Juanita
(que con el boom de la gastronomía nacional llego a ganar un premio por su sopa levanta muertos, una combinación especial y secreta de la cual solo ella guardaba la formula: hervir sus calzones en el rumoroso caldo y que la convirtiera en una verdadera estrella afortunada del negocio de las comilonas. Hasta ganó el Concurso Mistura. 
Con el resto de las monedas, compraba sendas botellas de un aguardiente de origen desconocido y quemador de estómagos por antonomasia, Pisco de la tarde,  le llamaban, el cual libaba pausadamente  hasta que lo atrapaban las musas de la danza inspirados por los alientos del alcohol.
Caminaba tranquilamente hasta la puerta de la tienda en donde se vendían discos (era la época de los discos de acetato y de vinilo) y arrancaba con un ritual de baile descomunal que con el tiempo he podido reconocer como la auténtica danza de los derviches del desierto. 
Los bellacos, perdedores esquineros, lo alentaban gritándole:
Baila Guaracha Baila!
Lo que incentivaba al danzante a movimientos mas violentos y desequilibrados. Muchas veces lo vimos rodar por el piso en pleno baile.
Eso ocurría si el dueño de la tienda de discos, un enano mal encarado al que llamaban "Aceves Mejía" a veces y a veces "Tongolelo" porque lucía un mechón similar al del cantante mejicano,  lo expulsaba con baldes de agua fría, amenazas con puta-madreadas  o con el simple gesto de llamar a la autoridad representada por el policía que dormitaba en la puerta del Banco Popular.
Guaracha estaba completamente ajeno a estas amenazas, el solo quería bailar, retozar, hacerse etéreo
Tal vez buscaba una singular compensación o una controversial liberación, pero quién puede explicar bien estas cosas que tienen que ver con la condición humana, mas llena de enigmas que de certezas.
Sin embargo ni la violencia con lo que atropellaron ese día infausto, ni la misma vida y los años entregados a los fantasmas del licor, lo pudieron ayudar adelantándole la hora de su encuentro definitivo con la muerte.
Una movilización social sin precedentes en la que participaban los puesteros y trabajadores del mercado así como los vecinos de los edificios cercanos, logró detener al irresponsable chofer, y obligarlo a cubrir los gastos de hospitalización.
El Sub-oficial de segunda Elvys Morón había salido en bvd de su casa para (con la maña y fuerza necesaria) impedir que el chófer escape. Lo estampó contra la pared de un solo empujón con sabor a cabezazo y ordeno que le quiten la correa y le abran los botones del pantalón mientras lo revisaba con la mano derecha y lo apuntaba con un pistola inmensa con la mano izquierda, -no te muevas que se me escapan los frejoles y no la cuentas, cholo de mierda- 
decía con ese tono militar característico.
(Entonación que uso hasta que cayo muerto en un tiroteo de la policía con una banda de asaltantes con las que se coludía para robar bancos)
El camionero tenía un abogado, un tipo listo por cierto, pero Guaracha tenía al Dr Quispe Condori, un viejo zorro de los pasillos del poder judicial y del manejo de los juzgados, encallecido por el sistema y por los años ajenos.
(Incluso llego a ser Viceministro de Justicia durante el primer gobierno del mal llamado partido del pueblo)
Con argumentos de tinterillo siniestro y de abogado de oficio logró que se respetaran los derechos que asistían a Guaracha y tan solo con sutiles extorsiones disimuladas bajo el manto de la jurisprudencia bien utilizada. 
Guaracha recibió la mejor atención médica, se recuperó, subió un poco de peso, cuando volvió parecía menos cetrino y amarillento que antes y con alguna ropa usada que un alma caritativa que le alcanzó, reapareció por el mercado con una expresión ansiosa pero decidida.
Era obvio que estaba enterado que una buena cantidad de dinero y una legítima propuesta para una vida nueva y mejor lo esperaba a la vuelta de la esquina, pero tras su ansiedad se descifraba la sensación de una determinación tomada con visos de irreductible, indiscutible, axiomática.
 2
El camionero cumplió con pagar todos los gastos. 
E indemnizarlo. 
A cambio de que no hubiese denuncia policial ya que no contaba con brevete y el vehículo no era de su propiedad, lo venía litigando con otros herederos de su padre que se lo reclamaban.
Paralelamente, los vecinos habían realizado esa mar de actividades que se hacen para recaudar fondos, kermeses, rifas, donaciones y bajo el celoso control de los devotos había una buena cantidad de dinero en la colecta esperando a Guaracha. Además de los buenos miles que se consiguieron del camionero.
En una reunión (convocada con esquelas hechas a mano por el hijo de la Sra. Murayama que era un magnifico dibujante hasta que tuvo que emigrar a Japón en donde hasta ahora sigue trabajando en el negocio de la construcción) los vecinos habían acordado instalarlo en un puesto de periódicos, en donde podría hacerse del diario sustento, sin necesidad de tanto maltrato físico y hasta podría usarlo como vivienda, y así ya no tendría que dormir en algún rincón del mercado sobre cartones mojados o sobre mantas usadas. Era una gran idea.
Pero no hubo poder humano ni divino que convenciera a Guaracha, él quería su dinero, le había costado la pierna con la que mejor danzaba, era suyo y nadie le iba a decir qué hacer con él, que uso darle.
Pese a que hasta los más remolones discutieron con él, no cedió, quería su dinero en la mano. 
El Dr. Quispe Condori redactó un documento que acusaba el recibo del mismo y en un sobre coloco la importante cantidad de dinero.
¡Nombre! Pidió sentado frente a su máquina de escribir.
Guaracha quedo pensando, Guaracha, respondió que se llamaba Guaracha. Y como si imitara su propio eco, repitió, Guaracha, Guaracha, Guaracha.
No tu alias, dijo el Sub-oficial Morón impacientándose, -tu nombre, carajo! cómo te pusieron tus papacitos pues huevón-  
Guaracha miró las paredes desconsolado, no me acuerdo, musitó, no sé, no me acuerdo. 
Recuerdo que el silencio me sobrecogió desde los forros del alma. Y que fue un instante terriblemente opresivo. 
El Dr. Quispe Condori, rápido y práctico, dijo que tanto problema caramba, ponemos desconocido en el documento y que ponga la huella digital del dedo índice. Así se hizo. Guaracha recibió un sobre en donde se notaba un grueso de billetes de cien soles. 
En los días siguientes, Guaracha se apodero de la vereda de enfrente a la disco tienda. Un grupo de borrachos y borrachas que salieron de la nada absoluta le hacían la corte y el extraía de sus bolsillos, el sobre de dinero y estiraba la mano como un mandamás oriental de omnipresente poder. 
No sé cuántas veces lo hizo, ni que tanto billete gasto, pasaron días y semanas en que el juego se repitió hasta el cansancio como en una pesadilla infernal.
Guaracha caminaba borracho, bailaba siempre, y poco a poco volvió a su soledad irreductible. 
Una noche despertó durmiendo en el piso frío, parecía que por dentro de sí mismo algo se había roto inexorablemente, algo que se ahogaba en su propio espíritu, y súbitamente recordó a su mamá, que lo llamaba, con una voz angelical; dulce, eterna: 
-Abundino, hijito, ven a comer, Abuchito, ven Abundino, Abuchitoooo-
Tengo un nombre, se dijo –no podía gritar, ni hablar-
Estaba inmovilizado por una fuerza que lo sobrepasaba, me llamo Abundino Huamán…..se dijo…
No soy desconocido , soy Abundino- repitió en el silencio que crispaba la noche. 
Recordó a María, sus amores desnudos en el río, se vio escapando a si mismo, de los hermanos de ella, se visualizaba en una secuencia en donde fugaba en un camión de carga, llegaba a una ciudad inhóspita e hipócrita, , en donde solo el líquido ese que le quemaba la garganta lograba aplacar sus penas y sus miedos, y lo llevaba hasta el río de todos los olvidos.
Por un camión había arribado y por un camión -aunque circunstancial- partía rumbo a un paradero sin regreso.

Levantó la vista, y vio descender un Ángel de alas muy negras que lo miraba con infinita paz mientras portaba una espada brillante con una gota translúcida en su punta, supo entender que ese era el último trago, el de la definitiva e inapelable muerte.
Y aunque algunos renegaron, los vecinos y los comerciantes, cumplieron con darle una cristiana sepultura.
En la tapa de su nicho se lee, Guaracha, NN, desconocido.
Desconocido como cualquiera de nosotros, en un mundo extraño que se esmera en ignorarnos.
Desconocido como cualquiera de nosotros, que solo es un número en una planilla, una soledad en el viento, un adiós sin respuestas.  
Desconocido como cualquiera de nosotros frente a tanto inútil desafío por ser libres y felices.

De “Desconocido y otros cuentos”
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