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20.10.08

DISTANCIADOS LOS NIÑATOS




El escritor y el payaso por Jaime Baily (*)

Conocí a Mario Vargas Llosa en un chifa de Miraflores un sábado que Arturo Salazar, entonces director de La Prensa, decidió reunir a sus jóvenes turcos con el gran escritor. Era 1982 y Mario llevaba bigotes, era muy serio y hablaba mucho, en un tono que te replegaba al silencio. Ya era una gloria literaria. Yo tenía entonces 17 años y me dediqué a comer arroz chaufa y tratar de entender aquello de lo que se hablaba, que me resultaba esquivo.En algún momento Mario me dijo que había leído un reportaje mío sobre los intelectuales de izquierda que vivían cínicamente de la caridad capitalista. Me dejó muy contento.Pero me sorprendió su bigote y su extrema locuacidad en tono papal.Luego me hice amigo de Álvaro, su hijo mayor, que llegó un día a La Prensa, enjuto y barbudo, con un artículo defendiendo a los sandinistas y contando que había abandonado la universidad de Princeton para ser periodista en Lima.Nos hicimos amigos. Teníamos casi la misma edad, él apenas unos meses más joven que yo. Me pareció un tipo valiente, honesto, divertido.En represalia por dejar Princeton y volver a Lima, Mario echó a Álvaro de su casa en Barranco. Como no tenía dónde dormir, Álvaro terminó pasando la noche en el departamento de un amigo. Recuerdo sus risas contándome que un domingo a mediodía entró al cuarto de nuestro amigo a preguntar dónde estaba el café y lo encontró copulando con un gordo velludo.Álvaro terminó asilado en casa de Fernando de Szyslo, amigo de la familia. Cierta tarde, Mario lo citó en el parque de Miraflores para convencerlo de regresar a Princeton. Alvaro volvió a La Prensa con un ojo morado. Mario le había dado un puñete. Ya se sabe que los grandes pensadores liberales a veces dan golpes a sus amigos escritores o a sus hijos díscolos. (Es siempre más fácil ser liberal en las palabras que en los hechos).Desde entonces Mario me dio un poco de miedo, me hizo recordar a mi padre, que me pegaba cuando no le obedecía.Álvaro y yo nos hicimos amigos y su hermano Gonzalo, gran tipo, también fue mi amigo fugaz. Alguna vez nos encontramos en San Juan, Puerto Rico, y Gonzalo y yo preferíamos fumar marihuana y bañarnos en el mar manso y tibio que asistir a las conferencias de Mario.En ese viaje me enamoré de Morgana, la hija menor de Mario. Volvíamos de la playa y nuestras piernas desnudas se rozaron y tuve una inesperada erección y ella lo notó, creo que divertida o halagada o espantada. Nunca pasó nada más, para mi desdicha: que lo sepas, Morgana.Luego vino la locura de la campaña presidencial. Mario hablaba y hablaba como un predicador en celo y nadie lo entendía y creo que Ribeyro tuvo razón cuando le hizo decir a su Luder que Mario imponía con prepotencia sus opiniones, no sabía escuchar y se regocijaba escuchándose a sí mismo. Mario perdió por arrogante, malhumorado e intelectualmente vanidoso. Nadie entendía sus discursos. Citaba a Smith, Hayek, Mises, Isaiah Berlin. Los peruanos naturalmente lo odiaban, porque les recordaba su ignorancia.Apoyé a Mario con entusiasmo desde mi programa. Pero cometí un error. Una tarde Freddy Cooper me pidió que asesorase a Mario. Me preguntó si lo haría a título honorario o por dinero. Pedí dinero. Nunca más me llamaron.Cuando perdieron, Mario tuvo el gesto de invitarme a comer a su casa con Patricia, en vísperas de irse a París. Por esos días Álvaro me pidió ayuda para que le cediera mi programa en Santo Domingo, del que luego de cinco años de viajes mensuales estaba ya harto, y por suerte conseguí cederle la posta. Decidí irme a Washington a escribir una novela, huyendo de las servidumbres de la televisión y viviendo austeramente de mis ahorros. Durante cuatro gloriosos años, fui libre, expatriado, escritor a tiempo completo y caminante de barrios apacibles.Cuando terminé la novela, se la envié a Mario, que estaba en Princeton. Tuvo la generosidad de leer aquel mamotreto. Tiempo después, nos reunimos en el Palace de Madrid. Elogió moderadamente la novela, dijo que debía corregirla y publicarla y me ayudó, llamando por teléfono, a que Seix Barral la publicase. Además, se dio el trabajo de escribir una frase exagerada, diciendo que era una excelente novela, lo que también escribió, con entusiasmo y sin reservas, Miguel García Posada, crítico de El País de España, a página entera, en abril de 1994, suplemento Babelia. Yo no sería un escritor si no fuera por el gran Mario Vargas Llosa, que me abrió las puertas de España y me protegió de las incalculables mezquindades de la prensa peruana.Pero los Vargas Llosa son amigos difíciles y lo que comenzó tan bien ha terminado mal.Primero fue Mario que me llamó snob en El Comercio porque no quería marchar con Álvaro protestando contra el felón de Fujimori. Luego fue de nuevo Mario llamándome chismoso e intrigante y culpándome de la renuncia que Álvaro presentó tardíamente a Toledo (tardíamente, porque cuando Toledo negaba como hija a Zaraí, Álvaro seguía defendiéndolo, trepado sobre un camión, con camisa amarilla, la noche de la primera vuelta). Si bien le aconsejé que renunciara en una carta breve, alegando motivos personales, y que no hiciera pública la información confidencial que poseía como asesor del candidato, porque sería visto como desleal o traidor, Álvaro no me hizo caso como nunca le hizo caso a nadie, ni a sus padres. Y Mario injustamente me culpó de la decisión de su hijo. Quedé decepcionado de que Mario no dijera una palabra contra Toledo en la campaña por negar a su hija Zaraí y negarla ante los tribunales, acusando a la madre de prostituta, todo lo cual, en un país civilizado, habría destruido la carrera política de Toledo y lo hubiera llevado a la cárcel. Luego apoyé a Álvaro en la campaña por el voto en blanco y lo hice porque me dio pena que, tras apuñalar moralmente a Toledo y ser criticado por su padre, se quedase confundido, sin juego político.Años después, fui profesor en Georgetown y vecino de Álvaro. Nos veíamos a menudo. Le conté que estaba tentado de volver a El Francotirador en la campaña peruana del 2006. Me animó. Me dijo: Hazlo. Sácale toda la plata que puedas a Ivcher. Me lo dijo en su camioneta negra, saliendo de los cines de Georgetown.En febrero de 2006 comencé El Francotirador. Desde entonces, Álvaro me eliminó como amigo, sin explicación alguna. No contestó más mis correos. Pasé por DC, lo llamé y tampoco respondió. Supuse que me había dado de baja por trabajar con Baruch Ivcher, su enemigo. Irónicamente, cada tanto Álvaro pasaba por Lima y daba entrevistas a la señora Valenzuela en el canal de Ivcher, al señor Tafur (que salía los sábados en el canal de Ivcher), e incluso al diario Trome (que no es el New York Times) a doble página. Pero Ximena, mi productora, lo llamaba para invitarlo a El Francotirador y él ni la atendía y a mí, ni saludos.Luego pasaron dos percances o infortunios que, me temo, agriaron más las cosas. Me invitaron a la boda de Morgana en Máncora y no pude ir porque estaba en Buenos Aires (pero me excusé con las secretarias). A los pocos días no me invitaron a la fiesta de Mario por sus setenta épicos años en La Huaca, a la que, de haberme invitado, tampoco hubiera ido, porque tenía que pagar para asistir al banquete.Hace pocas semanas fui al correo en Madrid y despaché una novela para Mario y Patricia (con todo mi cariño) y otra para Álvaro y Susana (con la esperanza de reanudar nuestra amistad).El otro día, un pasquín peruano, con evidente mala leche, le preguntó a Álvaro por mí, presentándome como representante de la cultura frívola y acanallada, y mi amigo no me defendió. Yo lo hubiera defendido sin dudarlo de una pregunta tan insidiosa.Y luego Mario le dice a mi amigo Pedro Salinas en una entrevista reciente: Bayly es inteligente y agudo, pero algo payaso. En efecto, puede que en ocasiones yo sea algo payaso (o divertido, según quien me juzgue), como Mario es a menudo algo solemne, pomposo y aburrido, por ejemplo en aquella obra de teatro que vi en Guadalajara o quejándose de la cultura del espectáculo, cuando él mismo hace de su vida un espectáculo incesante. Porque si tanto le molesta la cultura del espectáculo, que se recluya en una casa de campo y deje de exhibirse ante las cámaras de todo el mundo (que es una parte de la cultura del espectáculo, aquella que lo glorifica, que no parece irritarle tanto).Pensé que Mario y Álvaro serían siempre mis amigos. Ahora no estoy tan seguro de ello. Quizá sea lo mejor, dado que en todo escritor que se respete debería agazaparse la sombra del parricida, como bien sabe Mario, a quien seguiré queriendo aunque me diga payaso, un oficio que, por otra parte, es tan noble o más que el del escritor.
(*) Diario Correo
Reproducimos este muy gracioso artículo de Jaimito -super piconazo- porque los Vargas de la desprestigiada y carachosa derecha ya no lo empelotan, restringiéndolo a sus inimputables programas de la televisión.
Jaimito que los amaba y les reventaba cohetones y ellos que lo veían como un doméstico incondicional. Eso te pasa por sobonete y claro...por payasín.
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15.10.08

EL PADRINO NUNCA MUERE


Lecciones de estrategia con El Padrino
La familia Corleone quizás sea una de las más conocidas a lo largo de la historia del cine gracias a la trilogía de El Padrino. Una familia que ganó su riqueza y su prestigio a base de negocios corruptos y saltándose todos los límites que marca la justicia y el sentido común. Pero ésta obra no cuenta solamente la historia de los Corleone de la mano de Don Vito y Michael, sus dos grandes figuras. El libro de Guillermo de Haro es un viaje por la gestión empresarial, analizando los negocios de la familia más famosa del celuloide.
Guillermo de Haro, autor y "un apasionado de la película" decidió escribir la obra "porque veía la película como un fenómeno de la América corporativa", declara. A lo largo de libro, el lector podrá ver y analizar dos modelos de dirigir una empresa familiar totalmente distintos. "Por una parte, está Don Vito, que quería entrar a formar parte de la órbita poderosa y decidió apostar por negocios ilegales para lograrlo. Su estrategia era codearse con los más poderosos para lograr esa distinción, pero una vez conseguido, volver a la familia al ámbito legal del mundo de los negocios", dice el autor y añade, "para el patriarca de los Corleone, la familia era lo más importante, estaba por encima de todo".
El otro modelo de gestión empresarial que narra el libro es el de Michael Corleone. "Michael nunca quiso hacerse cargo de la familia y sus negocios. Él aprendió a liderar en el ejército con lo que su manera de tratar los negocios familiares era muy distinta a la de su padre", comenta el autor.
Según de Haro, un aspecto positivo de la familia Corleone, quizás el único, "era que sabían fomentar unos valores y una cultura que tendrían que estar presentes en las organizaciones empresariales actuales. La fidelidad, el silencio y el cuidar de los que trabajan para ti son aspectos que tendrían que premiarse dentro de las compañías".
La obra de Guillermo de Haro ofrece un análisis de los modelos de negocio y las estrategias de los Corleone, a la vez que descubre los entresijos del rodaje de la película y el mundo del cine.
Editorial: PearsonFecha de publicación: 2007ISBN: 978-84-8322-300-0Páginas: 241

Libro que bien podría servir de manual de funciones a muchos gobernantes en este parte del hemisferio en donde se baila la tarantela de la cometa y el cohecho con bastante frescura y talento.
Al parecer y según las últimas echadas de algunos blogs ha sido el libro de cabecera de la familia León.

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11.9.08

SOY LA VOZ DE ALGUNA DE MIS FICCIONES


Varguitas el escribidor
Rafael Reig
hotelkafka.com
El socialismo no tendrá éxito en Venezuela, lo dice Vargas Llosa. ¿Por qué? Pues porque Venezuela tiene una tradición democrática y, claro, "estas prácticas democráticas calaron profundamente en la sociedad venezolana [...] y el hábito de ejercitar la libertad no desapareció y los venezolanos no han renunciado a ella". Por eso Chávez no podrá subyugar a ese pueblo educado en la democracia. Lo dice Vargas Llosa, que sitúa las prácticas democráticas entre 1958 (caída de la dictadura de Pérez Jiménez) y 1999 (Hugo Chávez). O sea, hablamos, por ejemplo, de Carlos Andrés Pérez (ese hombre honrado), de las revueltas de hambre, del Caracazo (cuando mandó al ejército a disparar contra la población), etc. Todo esto ha forjado "ese espíritu independiente y librepensador aclimatado a lo largo de cuatro décadas de vida democrática", que es un espíritu que lógicamente se rebela contra el yugo socialista. Lógico y natural, nos ha merengao. Qué menos cabe esperar de espíritus independientes y muy librepensadores (sobre todo con el dinero público) como Carlos Andrés Pérez. Por eso, el socialismo no triunfará. ¿Y Cuba? Bueno, lo de Cuba es distinto, pero Vargas Llosa también nos lo aclara: "¿Quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene los días contados?", nos dice.Y eso, ¿por qué? Bueno, Vargas Llosa lo prueba de forma concluyente. La prueba del nueve de la imposibilidad del socialismo. Ahí va. Se trata de lo que él llama una anécdota. Un amigo de un amigo, etc., lo de siempre. Resulta que, en un taxi, en Caracas, el conductor era cubano y médico. Estaba feliz en Venezuela y, al final, le confesó al pasajero: "Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas". La conclusión de Vargas Llosa es que, "si después de medio siglo de revolución", este taxista derrama lágrimas ante una botella de Coca-Cola, el socialismo tiene los días contados. Formidable. No sé a ti, pero a mí se me ha puesto toda la carne de gallina y a punto he estado de ponerme a sollozar junto con el taxista médico, librepensador y adicto a la Coca-Cola.Al taxista llorón y al pasajero amigo de un amigo ya los conocemos. Son viejos amigos nuestros. Los hemos tratado durante años. Son los mismos que han visto cocodrilos albinos en las alcantarillas de Manhattan. A la novia de un amigo de un amigo del pasajero del taxi, en un descampado, le dieron a elegir entre pellizo o pinchazo. Cuando eligió pellizco, le arrancaron un pezón con unas tenazas. El taxista lloriqueante se ha acostado en La Habana con mujeres jóvenes a cambio de unas simples medias de nylon. Es sabido que, en el Caribe, la gente joven se desvive por las medias, cuanto más abrigadas mejor. El padre del taxista tenía un amigo que, en Italia, ya entró con los americanos y follaba a cambio de dos paquetes de Lucky Strike. Ese pasajero del taxi ha estado en muchas carreteras, y ha recogido autoestopistas, y jura que es cierto lo que le pasó una vez. -Tenga mucho cuidado con la siguiente curva: allí es donde me maté yo -le dijo una misteriosa mujer de pelo rubio que se había sentado en el asiento de atrás.Pasada la curva, que es verdad que era muy peligrosa, la mujer rubia había desaparecido. Más tarde pudo confirmar que, en esa misma curva, había habido hacía años un terrible accidente en el que falleció una pasajera rubia. El taxista llorón y coca-colo tiene un primo de un cuñado que trabaja de noche en Urgencias en varios hospitales. Ha visto a casi cualquier famoso que le nombres ingresando a las cinco de la mañana con algo incrustado en el recto, que no se lo podían extraer. A menudo se trataba, precisamente, de una botella de Coca-Cola. El taxista, su primo, su cuñado, los médicos de guardia y hasta las enfermeras, a la vista del preciado elixir, no podían contener las lágrimas. Una sobrina de una amiga de la mujer del taxista fue al cine con su compañera de pupitre. Tenían once años. La sobrina fue al baño y la amiga vio que hablaba con un individuo de aspecto árabe, luego vio que se acercaba a una furgoneta. ¡Nunca más se supo!-Trata de blancas -afirmó el Comisario con gesto lúgubre-. Lo vemos a diario. Esa chica ahora mismo ya estará en algún emirato, prisionera en un harén en mitad del desierto. Nunca la encontraremos. Mira que lo repetimos: ¡jamás hay que hablar con desconocidos!En la casa tienen su foto colgada en el salón: una niña con trenzas y aparato dental. Ayer habría cumplido treinta y cinco. La amiga que se salvó, está casada y ya tiene una hija de once años: nunca la deja ir al cine. Este artículo, "piedra de toque", o pedrada, se publicó el domingo 24 de agosto. El domingo pasado escribía Vargas otra de sus pedradas, ésta sobre Rusia y Georgia. Aún no lo he leído, pero espero con impaciencia reencontrarme con Rasputín, el oso soviético, los apartamentos de diez metros cuadrados para ocho familias, el KGB y los sanatorios psiquiátricos para escritores. Voy a disfrutar de nuevo como si tuviera diez años. Mejor que Julio Verne y Sven Hassel. Este sorprendente giro de Vargas Llosa hacia el folclore popular, las leyendas urbanas, los bulos y el melodrama de teleserie, con su taxista que prorrumpe en llanto ante la botella de Coca-Cola, me parece fascinante. Quizá estaba ya prefigurado en su (excelente) novela La tía Julia y el escribidor. Marito, el aprendiz de Flaubert, al que también llaman Varguitas, por fin se ha convertido en Pedro Camacho, el
escribidor de seriales folletinescos para la radio.

(*) A estas alturas del partido ya nadie le cree a Mario Vargas Llosa. Una làstima.

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